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Confesión antes de ser ahorcado

John George Haig





Mañana serEahorcado. PasarE por primera y última vez, por esa puerta de mi celda (hay dos en ella) que nunca he visto abrirse. La otra sirve para los guardianes cuando vienen a visitarme. Pero sEque por la segunda puerta, ésa siempre cerrada, es arrastrado el hombre destinado a la ejecución. En verdad es el umbral del más allE

AtravesarEese umbral sin miedo ni remordimiento. Los hombres me han condenado porque me temú}n. Amenazaba su miserable sociedad, su orden constituido. Pero estoy muy por encima, participo de una vida superior, y todo eso que he hecho, lo que ello llaman "delitos", lo he realizado porque me guiaba una fuerza divina. He aquEporquEme es completamente indiferente que se me trate de malvado o loco: de igual modo me es indiferente que comadres tontas soliciten verme. En efecto parece, al menos según lo que me ha dicho un guardián, que llegan a la prisión muchas cartas dirigidas a mEde parte de ese frú“olo sexo. Me pregunto si existe alguien sobre la tierra capaz de comprenderme. A decir verdad, algunas veces me cuesta a mEmismo, y ahora, mientras refiero mi experiencia, desespero de encontrar ni aún un solo lector que estEa mi altura.

La primera persona que he matado fue William Donald McSwan.

A continuación matEtambién a su padre y a su madre. La manera como conocEa Swan no tiene en sEnada de misterioso. El era propietario de una sala de juego en Tooting, en los alrededores de Londres. Estabamos en 1936. En aquella época yo acababa de salir de la prisión, donde habú} estado recluido por fraude. Mi primera condena. LeEen el diario un aviso: Swan buscaba un gerente. Yo vivú} en Wakefield, en el Yorshire. Le envú‚ un telegrama y fui contratado.

Trabaje con Swan un año recobrando después mi libertad. Podú} ganar dinero yo solo mucho más fácilmente, gracias a un ingenioso engaño. Desafortunadamente, me agarraron en cierta tentativa, y una serie de condenas me obligaron a permanecer en la prisión hasta septiembre de 1943.

Al salir de allE retomEcontacto con el joven Swan. En el ú‹terin, las cosas le habú}n ido discretamente. Habú} colocado el dinero en propiedades inmobiliarias, y se ocupaba de pequeñas industrias. En forma absolutamente casual, también yo encontrEen el mismo ramo un trabajo por cuenta mú} que me dio independencia.

Una tarde de otoño de 1944 encontrEa Swan en un cafEde Kensington. Estaba preocupado. Temú} que lo llamaran a las armas y me confiEsu intención de esconderse para evitar la conscripción militar. Desde aquella vez, lo volvEa ver con frecuencia. Me llevEademás a casa de los suyos. Una noche, le propuse visitar mi departamento y, en el sótano, mi laboratorio, en Gloucester Road número 79, el joven Swan accediE EntrEjunto conmigo.

No puedo referir lo que hice entonces, si primero no relato algunos hechos anteriores, que se remontan a mi infancia. Es necesario que hable de los sueños que tenú} en aquel tiempo. Mi madre siempre habú} sentido pasión por el estudio de los sueños. Estaba convencida de que predecú}n el porvenir. Compraba todos los libros sobre la materia y también yo los leú}. A veces, mi madre predecú} hasta la enfermedad o la muerte de nuestros parientes. Sus presentimientos eran siempre exactos. Más tarde, yo también adquirEesta facultad.

El primer sueño del cual me acuerdo con precisión se remonta a la época en que formaba parte del coro de la Catedral de Wakefield. De noche, en la cama, cerraba los ojos y volvú} a ver el Cristo torturado sobre la cruz. Miraba el crucifijo en la Iglesia y a veces veú} la cabeza coronada de espinas, a veces el cuerpo entero de Cristo, de cuyas heridas brotaba copiosamente la sangre. Me sentú} horrorizado.

En otro sueño, me construú} una inmensa escalera telescópica, por medio de la cual llegaba a la Luna. Desde allEmiraba la tierra a mis pies, no más grande que una pelota. ¿QuEsignificado tenú} ese sueño?. Pensaba que querú} decir que me harú} en mi vida alguna cosa grande, que serú} el mejor de todos.

La mayor parte de las veces la sangre era el asunto de mis sueños. Estos sueños tenú}n un papel fascinante y terrible en mi existencia. Y todavú} no conocú} el sabor de la sangre. Una pura casualidad me la hizo gustar, y desde entonces ya no pude olvidármelo.

Tendrú} diez años. Me habú} herido en la mano con un cepillo para el cabello, de pelos metálicos. LamEla sangre que brotaba, y algo se me mezclo en todo mi ser. Esa cosa viscosa, cálida y salada que sorbú} a flor de piel era la vida misma. Fue una revelación que me obsesionEpor muchos años.

En cierta oportunidad me puse a cortarme adrede los dedos y las manos, solo para poder posar los labios sobre la herida fresca y volver a sentir aquella sensación inefable.

La casualidad, pues, me habú} hecho volver, a través de siglos de civilización, a los tiempos fabulosos en que los seres sacaban fuerza de la sangre humana. DescubrEque pertenecú} a la raza de los vampiros. ¿ PorquE ¿PorquEjustamente yo? No sabrú} explicarlo. Solo puedo contar lo que experimentaba.

Recuerdo otros hechos de mi juventud en que la sangre tuvo un papel notable.

Adolescente, durante un momento de intimidad sentimental, mordElos labios de una muchachita. No era un gesto premeditado, lo habú} hecho inconscientemente, sintiendo su boca cálida en contacto con la mú}.

Tuve un relámpago de lucidez y huEantes de haber realmente gustado la sangre. De otro modo no sEque hubiera sucedido.

Pero ninguna de estas incidencias habú} verdaderamente despertado esa necesidad frenética e impulsora, ese gran llamamiento de la sangre que debú} sentir después.

En la pascua de 1944, hice un viaje en automóvil al Sussex. Pasando por Tree Bridges, advertEdemasiado tarde un camión que salú} de la lateral. Fue un choque terrible. Mi máquina se dio vuelta. No habú} perdido el conocimiento pero me habú} causado una profunda herida. La sangre manaba copiosamente. LogrEsalir del automóvil volcado. La sangre me corrú} por el rostro hasta la boca. El sabor que sentEentonces despertEalgo esencial en mEy esta vez de modo decisivo. Esa noche tuve un sueño espantoso.

Veú} un bosque de crucifijos que gradualmente se transformaba en árboles. Me pareciEver primero un rocúŒ o lluvia que chorreaba de las ramas, pero cuando me acerque comprendEque era sangre. De repente, el bosque entero comenzEa inclinarse y los árboles goteaban sangre. Por los troncos se filtraba sangre. Las ramas destilaban sangre, roja y brillante. Me sentú} débil, me parecú} desfallecer. Vi un hombre que iba recogiendo la sangre de árbol en árbol. Cuando la copa que tenú} en la mano estaba llena, se me acercE

"Bebe", me dijo. Pero yo estaba como paralizado. El sueño se desvaneciE Pero yo continuaba sintiéndome débil y tendú} con todo mi ser hacia la copa.

Me despertEen estado semicomatoso. Veú} siempre aquella mano ofrecerme la copa que yo no podú} alcanzar, y esa terrible sed, ignorada de todo otro hombre moderno, se posesionEde mEpara siempre.

Por tres o cuatro dú}s tuve siempre el mismo sueño y, en cada despertar, mi horrible deseo era siempre mas fuerte.

Comprenderéis ahora lo que pudo sucederle al joven Swan, cuando se encontrEa solas conmigo en aquella tarde de otoño. Lo desmayEcon la pata de una mesa o con un pedazo de caño, ya no lo recuerdo exactamente.

Y después, le cortEla garganta con un cortaplumas.

ProcurEbeber su sangre, pero no era fácil. Aún no sabú} bien que sistema usar. Le tuve sobre el lavamanos, y tratEde recoger de algún modo el lúŽuido rojo. Al fin, me parece que me resolvEal sorberlo directamente de la herida, con un sentimiento de profunda satisfacción.

Cuando me separE me sentEespantado de la presencia de aquel cadáver. No tenú} remordimientos. Solo me preguntaba como podú} hacer para desembarazarme de él. Después, me acostE

Aquella noche soñé todavú} con el bosque y la copa. Pero aquella vez, logrEagarrarla, experimentando, al absorber su contenido, el mismo placer que en la realidad. Me despertEy pensEen lo que habú} hecho. Me preguntEcómo habú} podido llegar a tanto.

VolvEal sótano. ComprendEen aquel momento que era necesario tomar una decisión respecto al cadáver. Antes del hecho, no habú} pensado en ello. Pero allE de súbito se me ocurriEcon claridad un buen método.

Tenú} ya en mi laboratorio, una gran cantidad de ácidos, sulfúrico y clorhúrico, que me servú}n para atacar los metales. Sabú} bastante de quúŠica para estar enterado del hecho de que el cuerpo humano estEcompuesto en su mayor parte, de agua. Y el ácido sulfúrico es muy ávido de agua.

Por desgracia no tenú} nada preparado. Solo al sexto o séptimo caso, comencEa preocuparme de preparar anticipadamente el medio con el cual me desembarazarú} de los cuerpos.

DebEbuscar un recipiente para meter el cadáver. EncontrEen un cementerio una especie de barrilejo de metal. Para transportarlo hasta mi sótano, pedEprestado a un maestro albañil una carretilla. AcomodEal señor Swan en el barril.

Ahora no me quedaba mas que verter el ácido en el barril. Debú} servirme de un cubo. No habú} previsto el humo que se desprendiE y sentEtal nausea que hube de salir un poco al aire para retomar aliento.

Luego volvEa la tarea y, finalmente, abandonEel sótano, cerrando la puerta tras de mE Cuando más tarde regresEallE pude comprobar que la operación habú} salido bien. El cuerpo estaba disuelto. LevantEuna trampa que comunicaba con las cloacas y vertEpor el hueco la mezcla. Si queda aún algo de Mr. Swan, se lo encontrarEen el mar, allEdonde se descargan las cloacas de Londres.

Necesitaba ahora explicar la desaparición del joven. VolvEal lugar de la casa de Swan para ver a los padres. Les expliquEque el muchacho habú} huido para evitar la movilización. EscribEun cierto número de cartas, imitando su caligrafú}, y las puse en el buzón en Escocia.

Los dos viejos creyeron en las cartas y no hicieron ninguna averiguación. Jamás sentEmucho miedo de ser descubierto. Ignoraba totalmente el remordimiento. Me sentú} guiado por un ser superior que estaba fuera de mEy me controlaba.

Dos meses de que el joven McSwan, hice otra vú€tima. Esta vez se tratEde una mujer. Tendrú} cerca de treinta y cinco años. Era morena, de mediana estatura. Nunca la habú} visto antes.

Nos encontramos en la calle, en el Distrito de Hammersmith. A abordEsobre un puente. ComprendEenseguida que debú} morir. Era durante un ciclo de sueños y tenú} necesidad de beber en la copa. Ella aceptEvenir a mi casa. Le di un golpe en la cabeza y bebEde su sangre.

Tampoco esta vez habú} hecho planes para desembarazarme del cadáver; pero aún tenú} un poco de ácido y mi barrilejo. Arregle en él a la muchacha, pensando entonces que serú} cómodo tener una bomba para verter el ácido. SalEpara comprarme una.

Solo después del segundo McSwan, el padre de William, se me ocurriEusar una especie de máscara para evitar la nausea por los vapores del ácido. Y enseguida me procure un mandil, botas y guantes de goma. AsEequipado, y armado de un palo revolvú} "la mezcla".

A los viejos Mc.Swan los matEjuntos el mismo dú}.

La policú} no se cuidEnunca de la desaparición de la familia Mc.Swan entera. Son embargo, estabamos en plena guerra, es decir, en un perúŒdo en que la policú} tiene más de una oportunidad de controlar a un ciudadano, por medio de la tarjeta de racionamiento y de los documentos de toda especie que se exigen a cada uno.

Jamás he matado con miras de lucro. Cuando, pretendEintencionalmente, se me daba un beneficio, lo aceptaba como una nueva prueba del favor que me demostraba la fuerza suprema. Pero estos beneficios eran verdaderamente una cosa aparte para mE

Por lo que concierne a los Mc.Swan fui a lo de un Procurador legal de Glasgow, y falsifique un contrato notarial presentándome con el nombre de William Donald Mc.Swan. ImitEcon facilidad su firma. Como he dicho, ya habú} probado mi habilidad de falsario. Gracias a esta primera falsificación, conseguEvender la propiedad de la familia Mc.Swan. Me fue necesario una serie de operaciones complicadas, que duraron por lo menos dos años, y que me rindieron cerca de cuatro mil esterlinas.

Pero, repito, no era lo que contaba para mE Hubiera podido ganar otro tanto para vivir con fraudes de usual administración. Por ejemplo, ya habú} trabajado ventajosamente en automóviles. Sabú} también transformar la nafta del ejército (que era teñida de rojo para evitar justamente el mercado negro) en nafta blanca, de la cual podú}n servirse impunemente los civiles. Hubiera podido ganar solo con ese sistema, una fortuna.

Durante el proceso se me ha preguntado con cual cortaplumas acostumbraba cortar la garganta a mis vú€timas. En verdad, no sabrú} decirlo; tenú} tres de ellos. Debo decir, a este propósito, que no acierto a recordar ningún detalle de lo que sucedú} en esos momentos. Cuando estaba bajo la influencia de mis sueños casi no veú} otra cosa que la copa, esa copa tendida ante mE mientras yo aullaba de deseo, y que se rehusaba mi garganta sedienta hasta que no me decidú} arrastrar a un ser humano a mi sótano, y entonces, por unos instantes podú} al fin chupar la vida de su garganta abierta, con inefable alivio.

Mi quinta vú€tima fue un jovencito desconocido, un tal Max, pero prefiero hablar de los números seis y siete, la joven pareja Henderson. Archibald Henderson era un médico londinense. Tenú} una mujer joven, hermosúima: Rose.

Desaparecieron en febrero de 1948. La policú} no habrú} resuelto nunca este misterio sino la hubiera ayudado revelando haber sido yo quien matEa los Henderson.

Los conocEdel modo más sencillo, habú}n publicado un aviso para vender una casa en Ladbroke Square. ContestE

Era un buen método para entrar en contacto con nuevas personas. Lo he empleado varias veces.

Los Henderson pedú}n 8,750 esterlinas por su propiedad. ContestEcon gran sorpresa de ellos: "Muy poco. Si aceptan que les dE10,500 entonces estoy de acuerdo".

Supe después que Rose Henderson habú} dicho aquella ocasión a su hermano, hablando de mE

"He conocido al cretino más grande del mundo".

Pero su hermano replicE

"Cuando alguien habla asE es necesario estar en guardia".

Como se ve, no le faltaba intuición.

Pero poco después dije a los Henderson que no habú} conseguido reunir la suma necesaria, y no se hablo más de la venta. Más ahora me habú} relacionado con los Henderson, y me hice su amigo. Esos dos jóvenes me interesaban y me divertú}n. Vivú}n en aquel tiempo en Fulham. Habú}mos pasado juntos muchas hermosas noches. Yo tocaba a Brahms para ellos en el piano. Me escuchaban horas enteras.

Tenú}n un perro, un magnúƒico setter irlandés de pelo leonado, que se llamaba Pat y con el hice gran amistad. Me recordaba un perrito que mi padre me habú} regalado cuando era pequeño. Por otra parte, siempre he amado a los perros. Recuerdo haber escandalizado no sEya a cuál imbécil, afirmado que si hubiera debido elegir entre aplastar con un automóvil a un perro o a un hombre, habrú} elegido sin equú“oco al hombre.

Cuando los Henderson, recogEa Pat por algún tiempo, y terminEpor acomodarlo en una de las mejores perreras de la región porque se habú} vuelto ciego.

Los Henderson hablaban mucho de si mismos y en poco tiempo supe cuánto los concernú}. Después debú} resultarme muy útil.

El señor Henderson era el segundo marido de Rose, y Rose era su segunda mujer. El era viudo. Ella divorciada. Ella habú} estado casada con un ingeniero alemán, Rudolf Erren. Durante la Segunda Guerra Mundial, Erren habú} formado parte del famoso grupo de pilotos apodado "Circo Richthofen", capitaneado por Goering. Después de la guerra, se habú} establecido en Inglaterra. Ahora, ha vuelto a vivir a Alemania.

Coincidencia extraordinaria: Erren y su mujer habú}n vivido durante cierto periodo en Oslow Court, el albergue de Kensington donde después me instalEyo. En verdad, Rose estaba destinada a encontrarme, y en este sigo reconozco la mano de la potencia superior que me dirigú}.

Luego de su divorcio, Rose se casEen 1938 con Archibald Henderson, un brillante médico con clientela de lujo. Vivú}n con largueza y Rose se presentaba en las recepciones mundanas con magnúƒicos vestidos y cubierta de joyas. Era una mujer bellúima, morena y vivaz. En 1926 habú} participado en un concurso de belleza, y su fotografú} habú} aparecido en los diarios.

Para concluir con Rose, agrego que era la hija de un médico de Manchester, y tenú} un hermano, Arnold Burlin, experto hombre de negocios que tendrEun papel importante en la continuación de estas memorias.

He hecho notar cómo ya habú} dado prueba de su instintiva desconfianza, cuando propuse a los Henderson comprar su casa a un precio más alto que el pedido.

En lo mejor de mis relaciones con los Henderson, tuve un sueño particularmente penoso. Esta vez no eran ni siquiera árboles ensangrentados o copas de sangre que se tendú}n hacia mE En este nuevo sueño, mordú} el cuellos de una joven amiga mú}, y sorbú} golosamente una parte de su sangre. Me sentEhorrorizado ante la idea de poder, asEfuera de sueño, herir a alguien que respetaba y querú}.

Los Henderson no eran amigos múŒs. Simpáticos conocidos, a lo sumo. Cuando sEque una persona puede convertirse en un vú€tima mú}, es extraño pero no logro experimentar amistad por ella.

Rose me confiEque, bajo aquella apariencia acomodada, ella y su marido tenú}n dificultades financieras. No es entonces por interés que los he matado. Archie tenú} deudas, y a menudo disputaba con su mujer por cuestiones de dinero.

Los Henderson partieron en 1948 para una breve estancia en Brighton, en el hotel Metropole. El ciclo de mis sueños estaba entonces en el ápice, me sentú} mal. Archie se quejaba de mi desatención: le parecú} que no escuchaba lo que él me decú}. En efecto, estaba completamente preso de mi horrible necesidad. Veú} de nuevo en mis sueños bosques de crucifijos que se transformaban en árboles que goteaban de sangre. Me despertaba con ese atroz deseo imperioso.

Necesitaba que Archie fuera mi próxima vú€tima.

Con un pretexto cualquiera, le hice venir de Brighton a Crawley, a mi laboratorio de Leopold Road,y le disparEuna bala en la cabeza con el revólver de su propiedad, que le robara durante una noche pasada en su casa.

VolvEa Brighton y le dije a Rose:

"Archie se ha sentido mal en mi casa. Nada grave, pero quisiera que usted fuera a buscarle. Venga conmigo"

Me siguiEenseguida, sin ninguna sospecha. Apenas entrEal laboratorio la matE ¿Cómo?, no lo recuerdo.

Chupe una buena parte de la sangre de Archie y de Rose. Me sentú} protegido por una mano invisible. Estaba tan seguro de mE que deje los cadáveres al descubierto en el laboratorio mientras iba a comprar una mascara de gas y un segundo recipiente para el ácido. La mascara como ya he explicado, debú} servir para evitarme la nausea por las emanaciones de ácido sulfúrico que se elevaban de mE"mezcla". El nuevo recipiente era para la mujer. Deje a Archie y a Rose en perfecto reposo. DisolvEal primero el viernes por la tarde. Y el sábado por la tarde el bello cuerpo que en vida habú} constituido la fascinación de Rose Henderson, se fundiEen el ácido como una muñeca de cera al calor. Su forma y su color desaparecieron lentamente: Gigantescos pedazos de azúcar que yo disolvú} con un gran bastón, continua, paciente, serenamente E

RegresEa Brighton, triste playa popular, y pague en el hotel la cuenta de los Henderson. Me llevEsus equipajes y a Pat, el perrito, y volvEa casa.

Necesitaba ahora calmar las sospechas de todos aquellos que pudieran inquietarse por la desaparición de la joven pareja. EscribEal dueño de la casa de los Henderson, en Fulham, y al hermano de Rose en Manchester, imitando perfectamente la caligrafú} y la firma de la joven señora. Extremada sagacidad, me habú} procurado papel con la inscripción del hotel Metropole.

Explique que, a causa de ciertas dificultades, la familia Henderson habú} decidido emigrar a Africa del Sur, encargándome a mi, John Haig arreglar todos sus problemas.

Los Henderson habú}n muerto el trece de febrero. El diecisiete recibEuna llamada telefónica del hermano de Rose, Arnold Burlin. El, por otra parte, ya habú} telefoneado al dueño de la casa de su hermano.

"¿QuEsucede?", me preguntE

"No se preocupe", le dije. "Me he puesto de acuerdo con Archibald. Le he prestado 2,500 esterlinas antes de su partida. Hemos convenido que si no me las reembolsa dentro de dos meses, su máquina y su propiedad pasarán a mE Si quiere, puedo mostrarle la carta que Archibald me ha escrito pidiéndome que arregle su cuenta en el Hotel de Brigton y que cuide a Pat. ¿Pat? Su perro. Tengo también un contrato con nuestras dos firmas". (ya habú} preparado estas falsificaciones. Y habú} hecho bien).

Burlin, receloso, fue a Brigton. El hospedero le confirmEque yo habú} ido a recoger al perro y a pagar la cuenta. Algunos dú}s después Burlin, me vino a buscar con su mujer. Ya me habú} preparado para esta visita. Le explique que la partida de los Henderson se debú} a una pendencia entre ellos. Habú}n querido alejarse de Londres para no implicar a la familia en sus cuestiones. Acompañe a Burlin a la estación con mi máquina, porque retomaban el tren para Manchester.

De repente la señora Burlin, se inclinEy recogiEen el automóvil un librito. ExclamE "¡Pero si es la pequeña agenda de Rose!".

Tuve bastante presencia de ánimo para responder de inmediato:

"¡Vea! Debe haberse caúo cuando traje sus equipajes de Brigton"

Pero el incidente hizo caer el cielo. Antes de subir al estribo del tren, Arnold Burlin me dijo:

"Si mi hermana y mi cuñado no han reaparecido el lunes, avisarEa la policú}".

Mentalmente, inscribEentonces a Burlin, a su mujer y a su hijito en la lista de mis próximas vú€timas.

DebEavisar a la policú} el lunes, pero el sábado recibiEla siguiente carta:

"Querido Arnold:

Desde hace mucho tiempo no has tenido noticias nuestras. Temo que estés preocupado. Desgraciadamente Archie se ha dado cuenta de que yo pensaba dejarle no bien hubiéramos vuelto a Londres. Esta es la razón por la que hemos discutido en Kingsgate. Me ha acusado de causarle fastidio y de gastar demasiado dinero. Me ha amenazado con suicidarse si le dejaba. No habú} más que una cosa por hacer: Obrar con rapidez. Archie habú} pedido dinero en préstamo a John Haig (recordaras haberle conocido en Berkeley), asErealicEun plan que habú} proyectado para esa eventualidad. Por ahora funciona bien, aunque se haya limitado a mentir por algún tiempo. Pensaba estar con ustedes a fines de esta semana pero debimos emplear algunas precauciones, a lo menos por tres semanas. Evitamos por esto frecuentar los lugares a donde Archie va de ordinario. Ahora Archie es amabilúimo y bebe muy rara vez. El martes próximo estaremos en Newcastle. Querú} decirte solo esto. Comprenderás todo cuando volvamos a vernos. Espero que John Haig se encuentre bien. La temperatura ha refrescado mucho y hubiera hecho mejor en llevarme un vestido más, pero no volverEa Dawes Road a buscarlo antes de nuestro regreso definitivo. Espero que todos estén bien. No estén preocupados. Cariños a Mumsy".

Estaba firmado "Rose", con un rasgo rápido.

La firma engañó del todo a Arnold Burlin. Durante mi proceso, Burlin observEque en esa carta Rose habú} usado el sobrenombre "Mumsy", mientras habitualmente decú} "Mummie". Habú} tenido errores de ortografú}, pero él, de momento, no les habú} dado importancia, pensando en el particular estado en que debú} encontrarse su hermana.

Debo admitirlo. A veces cometo errores de ortografú}. También Napoleon los cometú}. Uno de esos errores hizo que cierta vez me prendiera la policú} por que en una falsificación habú} olvidado la "i" en la palabra sociedad.

Algún tiempo después, Burlin me telefoneEpara saber si tenú} noticias de sus parientes. Luego de algunos dú}s, le envú‚ una tarjeta postal echada en el buzón en Rugby y firmada Rose. Después de cierto tiempo, él pensEen contratar un detective privado. Le aconsejEprudencia diciéndole que tal vez Henderson tenú} algún disgusto, en lo cual era mejor no inmiscuir a la policú}.

Para terminar, me decidEjugar el gran juego. EscribEuna carta de quince páginas a Burlin, firmada Rose. Conocú} tan bien la vida privada de los Henderson e imitaba tan perfectamente el estilo y la caligrafú} de la señora Henderson que de inmediato los polizontes y los peritos de Scotland encarecieron aquella carta como la obra maestra de la falsificación. De lo que estoy orgulloso, como podú} estarlo Rembrandt de su mejor cuadro. Las falsificaciones son para mEun arte. Mi vocación de falsario se remonta, por otra parte, a mi infancia. Ya en la escuela imitaba la firma de mis profesores.

Con esta carta de quince páginas, logre convencer a Burlin que los Henderson se preparaban a dejar Inglaterra para emigrar a Africa del Sur. La carta explicaba que los Henderson me habú}n dejado su propiedad para resarcirme del préstamo. Indicaba también su nueva dirección: Postarestante, Durban (Africa del Sur).

Arnold burlin vino a Londres para liquidar las cosas de su hermana. Lo recibEamablemente diciéndole:

"Ciertamente, Rose no ha estado cariñosa al partir sin saludar a su vieja madre ciega".

Esa vieja, por lo demás, provocEbien pronto terribles complicaciones. En febrero de 1949 se enfermEgravemente. Burlin enviEun telegrama a Rose, que quedEsin respuesta.

Entonces me telefoneEy dijo:

"Estoy preocupado. Creo oportuno que la primera vez que vuelva a Londres, vaya a hablar con Scotland Yard"

"De acuerdo", dije, "pero antes venga a verme".

"Se comprende", contestEél.

No pude evitar sonreir, desde el otro lado del hilo.

"Si", continuEBurlin, "quisiera justamente que usted viniera conmigo, porque es usted quien tiene todos los documentos del asunto"

"Ciertamente", dije. "Y escuche, ¿no podú} traer con usted también a su mujer y al niño?. Me darú} tanto gusto verlos"

"Se lo prometo".

"Bien", dije, concluyendo, "prepararEtodo del mejor modo para recibirles".

"Es usted muy amable", contestEel imbécil.

Tres o cuatro dú}s después muriEla anciana señora Burlin, y eso demorEel viaje de los jóvenes Burlin a Londres. Al dú} siguiente, leyendo el diario de la mañana, Arnold Burlin hallEuna crónica policial que anunciaba la desaparición de la rica señora Durand-Deacon. Perturbado por el luto reciente y sus preocupaciones familiares, leyEdistraúamente la noticia: pero la última lú‹ea del artú€ulo le sobresaltE El diario decú}:

El dú} de su desaparición, la señora Durand-Deacon tenú} una cita en un gran almacén con cierto señor John George Haigh, quien se ha presentado a la policú}, ha sido escuchado largamente y ha propuesto colaborar en la búsqueda.

Por poco si Arnold Burlin no se desmayE De golpe lo habú} comprendido todo. La desaparición de sus familiares lo que le habú} sucedido a él, a su mujer y a su hijo si hubieran venido a verme. Apenas tuvo la fuerza de tomar el teléfono y hacer girar tres veces el número nueve para llamar a la policú}. Estaba perdido.

Mientras me debatú} con Burlin, sucediEla historia de Mary, mi vú€tima número siete. EncontrEa esa muchacha en Eastbourne, donde estaba de vacaciones o por trabajo, ya no recuerdo bien. En todo caso no era del lugar. De ella sólo conozco su nombre, Mary. Charlamos largamente y le pedEque viniera a comer conmigo a Hastings. Fuimos a un cafEcerca del mar. Estábamos a fines de verano o en los comienzos del otoño. En todo caso en los últimos dú}s cálidos. El sol poniente transformEpor un instante el mar en sangre. Me estremecE MirEa Mary y le dije estúpidamente:

"Es hermoso, ¿verdad?. Parece exactamente una tarjeta postal en colores".

Pero yo, distante de aquellos pensamientos vulgares, me sentú} dominado por mi sacro deseo. Me lleve sin esfuerzo a Mary Crawley. Entramos en mi laboratorio de Leopold Road. Sin esperar tomEun utensilio por el mango y la golpeEsalvajemente en la cabeza. Después, le abrEgarganta y me arrojEávidamente sobre la herida.

Durante la noche, tuve el acostumbrado sueño satisfecho que me venú} siempre después de cada crimen. La aparición me tendiEla copa de sangre y me dejEbeber a largos sorbos.

Mary tenú} el acento de Gales. Recuerdo su vestidito blanco y azul y sus zapatos blancos escotados. No habú} casi nada en su bolso, fuera de un frasquito de perfume. Nunca logrEdescubrir su nombre. La policú} tampoco.

HablarEahora de la novena persona que fue "muerta" por mE Esta es la expresión que deseo usar. No me agrada llamar a lo que hacú} "asesinato", porque esta palabra da una impresión de crueldad y sufrimiento. "Matar", en cambio, era el resultado inevitable de la voluntad de un Espúitu de gran poder que me guiaba, ordenándome tomar la sangre de los hombres. El hombre sólo es un peón en manos del Ser Supremo.

La misma fuerza ha decidido ahora que ha llegado para mEel tiempo de morir y yo acepto su divino juicio. Por otra parte, también estoy cansado. Mis ojos no pueden más. He leúo y escrito mucho y tengo prisa de concluir estas memorias. Para poder continuar escribiendo, me veo obligado a ponerme los anteojos con montura de oro del doctor Henderson, mi sexta vú€tima.

Pero vayamos, pues, a la señora Olive Durand-Deacon, la última persona de esta tierra de quien he bebido un vaso de sangre. Cuando la encontrE era una de esas mujeres "en el tramonto de su vida", y para usar las palabras del Ministerio Público en mi proceso. Debo admitirlo, con ella he sido muy descuidado. No es de mi naturaleza. Usualmente me gusta repetir que prefiero una injusticia a un desorden. Pero me sentú} de tal modo protegido por la fuerza superior que me dirigú}, que olvidEtomar las precauciones más elementales.

La señora Durand-Deacon vivú} en la misma pensión familiar en que yo me alojaba, en Kensington. Es asEcomo la he conocido. Le agradaba a la anciana señora porque le hablaba de música, de arte, de literatura. Tenú}mos también conversaciones filosóficas y religiosas. Ella habú} escrito un libro titulado: AsEhabla Dios. Yo también habú} dado alguna conferencia en congregaciones religiosas. Recuerdo que conmovú} a los oyentes hasta las lágrimas. También habú} escrito algunos artú€ulos en diversas revistas de teologú}. Todo lo cual me granjeElas simpatú}s de la señora Durand-Deacon, quién veú} en mE a pesar de mis cuarenta años, "un joven verdaderamente ventajoso".

Durante mi proceso, el público ha sido informado del ridú€ulo motivo que la indujo a venirme a ver a mi laboratorio. La anciana señora sufrú} por haber perdido las uñas, y yo le habú} dicho que, tal vez, lograrú} fabricarle otras con material plástico.

Y fue asEcomo ella partiEpara su último viaje, el 18 de febrero de 1949.

La matEde un balazo en la nuca. Después, le practiquEuna incisión en la garganta y bebEun vaso de sangre. Llevaba una cadenita con una pequeña cruz alrededor del cuello. ExperimentEun goce extraordinario al estrujarla.

El sistema para desembarazarme del cadáver se habú} hecho ahora automático. Además para la señora Durand-Deacon habú} preparado con anticipación el barrilejo de ácido.

He dicho ya que aquella vez hice todas estas operaciones con descuido. Habú} comprado el ácido dando mi verdadero nombre. QuemEsolo parcialmente el bolso de la señora Durand-Deacon y los polizontes encontraron fragmentos. No disolvEcompletamente el cuerpo, desde el momento que fueron encontrados restos suficientes para justificar la acusación de asesinato.

En verdad, para mi no habú} sido todo fácil con la señora Durand-Deacon. Pensad que debEhacer entrar aquel cadáver de 90 kilos en un pequeño barril. Pero esto no basta para explicar mi negligencia. Probablemente, estaba sencillamente cansado de matar y no veú} la hora de concluir aquella misión que la divinidad superior me habú} confiado y tenú} necesidad de descansar, asEfuera en el inmundo pedazo de tierra reservado a los ajusticiados.

Extenuado por el manipuleo del pesado cadáver de la vieja, salEa tomar una taza de tE Cuando regresE ¡recordEque habú} dejado la puerta abierta!. Cualquiera hubiera podido entrar y ver el cadáver.

MatEa la señora Durand-Deacon un viernes. El domingo siguiente estaba en casa de amigos. Una muchacha me dijo de pronto:

"¡No me mire asE"

ApartEla mirada, pero continuEtratando de verla mentalmente.

Ella manifestEentonces:

"Siento que él continúa mirándome"

Y de repente me gritE

"¡Asesino!"

Aquel poder de adivinación (aún cuando yo no estEde acuerdo, como lo he explicado, acerca de la palabra "asesino") me pareciEincomprensible.

Bien pronto los polizontes, que indagaban sobre la desaparición de la señora Durand-Deacon, descubrieron en mi sótano los vestigios de su cuerpo y de sus vestidos. Mi destino se cumplú}.

Ahora que todo ha concluido y que he llegado al término de mi relato, quiero agregar aún algo.

Uno de mis últimos pensamientos es para Pat, el perro de los Henderson. Ha sido un gran amigo para mE y estoy muy contento de haber podido hacer algo en su favor, confiándolo a quien sabe cuidarlo bien.

SerEuna pequeña vanidad (que bien puede perdonársele a un hombre a punto de morir), pero quisiera que el traje que llevaba durante el proceso se entregue al Museo de Cera de Madame Tussand, para vestir mi muñeco. Quisiera que se envú‚n también allEmis medias verdes y mi corbata a cuadritos rojos y verdes. Espero que mi retrato de cera sea parecido. Deseo que el conservador del Museo Tussand cuide de que mis pantalones conserven siempre una raya impecable. He engordado en prisión: es agradable. Espero que en mi retrato se me conserve una lú‹ea más esbelta.

Hay todavú} una relación divertida que quisiera hacer: las primeras experiencias sobre los ácidos las hice en la prisión, cuando estaba detenido por falsificación. Durante cierto perúŒdo fui puesto a trabajar en la fábrica. AllEhabú} toda clase de ácidos. Me habú} puesto de acuerdo con otros presos, que trabajaban en los campos, para que me trajeran ratones campesinos. Me quedaba observando durante horas la lenta descomposición del ratón en el ácido. Fue una experiencia que me resultEmuy útil más tarde, cuando debEhacer desaparecer hombres. Hombres y topos, como dice la Sagrada EscrituraE

Mi proceso me ha aburrido mucho. Tenú} la impresión de ver un filme por segunda vez. Pero sin embargo, me ha divertido de manera con que ciertos testigos agregaban detalles picantes a mi historia.

Entre las invenciones que estaba terminando cuando fui detenido, habú} un sistema para impedir todo escape de gas en los apartamientos. Habrú} salvado, asE miles de vidas humanas. Esta obra de salvación pública fue interrumpida para preservar quizEa las tres o cuatro personas omisibles que yo hubiera podido aún desaparecer.

De cualquier manera, no me vanaglorio de mis aventuras. El destino pesa ahora demasiado sobre mis espaldas. Pienso siempre en este versú€ulo del Eclesiastés: "Lo que ha sido hecho, debú} ser hecho".

SEque desde la puerta de mi celda son menester apenas quince pasos para llegar al patú~ulo. Son pocos para alcanzar la eternidad. Veo a la lluvia bañar la cima de los álamos más allEdel muro de la prisión. Me inspira el mismo deseo que a veces sentú} bajo la fronda de un magnúƒico bosque cuando, solitario, buscaba una meta que tal vez no existe.

Pienso en las palabras escritas por un gran hombre de la antigEdad, no sEya quien exactamente. Me parece oportuno citarle ahora:

"No antes que los telares se hayan detenido y las lanzaderas terminado de deslizarse. Dios desenvolverEsu tapiz y revelarEsu motivo".

NacEel 24 de julio de 1909, en Stanford, en el Lincolnshire. Mi familia estaba por aquel tiempo en la miseria. Mi padre tenú} 38 años, mi madre 40. Mi padre era cabo electricista, pero sin trabajo. Mis progenitores no tenú}n con quEcomprar la canastilla para el niño que debú} nacer. Mi madre estEconvencida de que los meses de sufrimiento y de preocupaciones que precedieron ami nacimiento han sido la causa de lo que ella llama mi enfermedad mental.

"Es culpa mú}", dijo ella, "porque no he comparecido ante el juez junto con George. Soy responsable por lo que le toca".

La situación de mis progenitores no mejorEsino muchos meses después. Ambos eran muy piadosos. Mi padre gobernaba una comunidad religiosa. Me criaron en una atmósfera inhumana, peor que en un monasterio. No conocEninguna de las alegrú}s que habitualmente tienen los niños.

Sobre la frente de mi padre hay una cicatriz azulada, una especie de cruz deformada. El me explicEque aquello era la marca de Satanás. Habú} pecado y el diablo le castigE

"Si cometes un pecado", decú}, "Satanás te castigarEdel mismo modo".

Durante años mirEla frente de las personas para ver si estaba marcada con una señal azul. Como nadie la tenú}, deduje que mi padre era el único pecador, y todo el resto del mundo era inocente.

Cada noche hacú} mi examen de conciencia. Si tenú} algo que reprocharme, con extremado temor me acercaba al espejo para ver si me habú} aparecido la marca en la frente.

Fui a la escuela hasta los diecisiete años. FormEparte del coro de la Catedral. El domingo me levantaba a las cinco para asistir al primer servicio. Permanecú} en la iglesia el dú} entero, hasta las ceremonias de la noche.

Al volver a casa encontraba a mis progenitores orando y me unú} a ellos.

A causa de lo extraño de esta vida, los niños de mi edad no me querú}n. Sin embargo, yo siempre estaba dispuesto a ayudar a mi prójimo. Adoraba a los animales. Debo mi sustento a los perros vagabundos. Amaba también los conejos y los pájaros.

En 1927, a los dieciocho años, sentEirresistiblemente la necesidad de expresar el misticismo religioso que me colmaba: enviEa una revista un artú€ulo. La degradación del hombre, que fue publicado.

Creú} tener una gran misión que cumplir entre los hombres. Me puse a hablar en las congregaciones religiosas. La primera vez que lo hice descubrEesta cosa extraordinaria: tenú} el don de saber hablar. La multitud de fieles me escuchaba palpitante y corrú}n lágrimas por sus rostros. Mis progenitores estaban muy orgullosos de esto.

Fue aquel joven apóstol lleno de promesas el que se encontrEpocos años después, encerrado en la cárcel de Leeds, por fraude.

¿QuEhabú} sucedido?

Ante todo, fueron mis manos. Estas mis blancas manos de artista, que he amado toda la vida con suerte de fetichismo inexplicable aun para si mismo. En la prisión, sufro de la falta de jabón y agua caliente que me impide lavarlas varia veces al dú}. Ellas me han impedido hacer un trabajo duro y honesto, que hubiera arriesgado echarlas a perder. Aun durante mis operaciones macabras, cuando debú} remecer los cadáveres que se deshacú}n en el ácido, cuidaba de usar guantes de goma. También para conducir me ponú} guantes de piel. Tenú} todo un surtido de guantes, según el color de mis trajes y corbatas.

Durante un año, trabajEen una fábrica de motores, después un año en un oficio y un año en la sociedad Shell. LleguEasEa la mayorú} de edad y decidEinstalarme particularmente. Con un socio, montEuna compañía de seguros y publicidad: luego, en 1933, una empresa de publicidad luminosa. Todo lo cual me costo mucho esfuerzo y poca ganancia. ComprendEya que la honestidad no rinde. En 1934 di el paso decisivo. Por lo demás, los hombres son muy estúpidos. Habú} advertido que el sistema de alquiler-venta de los automóviles estaba mal organizado y debú} permitir fáciles estafas a cualquiera que estuviera dotado de un mú‹imo de inteligencia. Me hice pues, contratar en una sociedad de alquiler-venta de automóviles.

Aquel mismo año, en el mes de julio, desposEuna graciosa muchacha de 21 años. Beatrice Hamer. La desposEpara dejar a mis progenitores. No me agradaba ya continuar con ellos y sus principios religiosos ahora que habú} elegido la vida de deshonestidad. Pero mi dicha conyugal fue de breve duración. En el mes de noviembre, fui encarcelado. Habú} vendido máquinas que no existú}n. Mi mujer decidiEno volver a verme más. Durante mi permanencia en la prisión, le naciEuna niña que después fue adoptada por desconocidos. Existe hoy en alguna parte una muchacha de catorce años que ignora que su padre soy yo. John Haig, el hombre que llaman el "vampiro de Londres". SalEde la prisión en noviembre de 1933, y volvEcon mis padres, quienes me perdonaron.

Mi siguiente sorpresa me valiEcuatro años de prisión. Habú} elegido al azar el nombre de un abogado en la lista de teléfono y, bajo ese nombre, abrEun estudio en otra ciudad. Vendú} a mis clientes acciones que no existú}n.

Cuando salEde la prisión, Gran Bretaña estaba en guerra. EncontrEempleo en la Defensa Pasiva. Fueron los horrores de los grandes bombardeos sobre Inglaterra lo que me hizo abandonar la idea de un Dios justo y amoroso. Estaba un dú} en un puesto de guardia con una enfermera de la Cruz Roja, cuando las sirenas se pusieron a aullar. Aún no habú}n concluido, y ya las bombas caú}n. La enfermera y yo salimos corriendo para alcanzar el refugio. SentEde súbito un silbido terrible, me arrojEbajo un portón. Cuando me levantE herido, una cabeza rodEa mis pies. Era de mi compañera que un momento antes, estaba tan alegre y hermosa. ¿Cómo Dios habú} podido consentir ese horro? Ahora no creo más en Dios, sino en una fuerza superior que nos impulsa a obrar y dirige misteriosamente nuestro destino, ignorante del bien y del mal. Ya he referido como esta fuerza me moviEa degollar seres humanos después de haberme hecho tener terribles sueños que me dejaban sediento de sangre. Justamente a mE que amo y adoro las más pequeñas y débiles criaturas, me ha sido ordenado cometer esos crúŠenes y beber sangre humana.

No es posible, mis nueve delitos deben tener explicación en algún lugar fuera de nuestro mundo terreno. No es posible que sean absurdamente sólo el sueño de un demente lleno de rumores y de furia, como dice Shakespeare.

¿Hay entonces una vida eterna?. Pronto lo sabrE Esperándolo, adiósE.



John George Haig




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